viernes, 24 de julio de 2009

Digan ¡Adiós a los cuentos de hadas!

Aprendí a leer antes de ir al primer año de la escuela, y ésto me permitió tener acceso a mi primera afición: la lectura. ¡Cuánto me agradaban los cuentos y las historias fantasiosas! Aún recuerdo el haber leído y releído muchas veces un libro que me fue regalado: "Cuentos de hadas famosos". Mi imaginación trabajaba a todo dar y me gustaba sentir que yo era el caballero de la armadura reluciente, que rescataba a los desvalidos o impresionaba y enamoraba a hermosas y tan femeninas princesas. No me di cuenta, pero mi mente y parte de mi personalidad soñadora y la incorporación de ideales, acerca de las personas y las situaciones de la vida, se estructuraron en aquellos primeros años de mi vida con la cooperación de esos sanos relatos y su intrínseca fantasía.

Ya pasada la medianía de los cuarenta años de edad he meditado en cuanto a los dolorosos episodios de mi vida, relacionados con ideales imposibles y con mis sentimientos que he sentido traicionados. Frustraciones, oscurísima depresión y desilusiones de todo tipo martillaron mi vida en los últimos seis años. El análisis que he hecho a mi vida me ha llevado a la siguiente conclusión: que el relatar, leer y el hacer crecer con la fantasía de los hermosos cuentos de hadas NO ES LO MÁS SANO PARA UN NIÑO O NIÑA.

Hace un par de días escuché en la radio el comentario de un psicólogo que reafirmó en mí esta idea, lo que me ha dado un apoyo extra para plantearlo en mi blog.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice acerca de la palabra "Fantasía: Facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales." O sea, fantasía es ilusión, presunción, invención o ficción, casi podría decirse una real mentira. Con ello, los cuentos de fantasía conducen a la creación en la mente infantil de imágenes de personas y situaciones que en la realidad casi nunca existirán. Un ejemplo: niños que idealizan a sus madres y al género femenino, o niñas que idealizan a su padres y al género masculino. Me he llegado a preguntar si ¿no ha sido eso la base que motiva el deterioro o la destrucción de las relaciones de pareja?. ¿Han dicho o han escuchado decir "Yo creía que tú eras así o asá", "Me has decepcionado", "Me desilusionaste", etc.? Idealizar a las personas, pensando que todas tienen buenos sentimientos, que todas desean "la paz mundial", que todos te estiman, que a muchos les interesas sinceramente, no es real. Sí, debemos aspirar a creer en lo mejor y a construirlo hasta donde podamos (más la ayuda extra del Supremo Hacedor), pero con los pies en la realidad de que el ser humano, en su forma "natural" (alejado de lo Divino), es envidioso, ocioso y egoísta.

Entonces, ¿qué relatar a nuestros niños? He expuesto a mis conocidos que lo mejor es hablar a los pequeños de situaciones reales, expuestas de una manera comprensible a sus mentes. ¡Qué mejor que las experiencias propias! Relatar, por ejemplo, que por haber obedecido a una instrucción o regla se evitó un accidente; que los abuelos vivieron en una época en que vivir era difícil, pero que con mucho ahínco pudieron salir adelante; que por haber hecho lo correcto ocurrió tal o cual cosa; que el decir la verdad resultó en un bien, etc. A quienes sean cristianos, les digo: lean a sus niños de las Santas Escrituras los abundantes relatos y enseñanzas que en ellos hay, acerca de personas reales y que existieron en el pasado. Lo mismo para quienes posean otras buenas y edificantes creencias religiosas o espirituales.

Debemos dar forma a las pequeñas mentes con la realidad y no con ficción o vana ilusión. Que las historias verdaderas del pasado y del presente sean ahora para los infantes una positiva influencia en sus mentes en proceso de estructuración, para que en el futuro ellos vivan y tomen decisiones más acertadas con la realidad.